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Prólogo para Suburbios Cercanos. / 2015

La Doble Periferia
por Juan Diego Incardona

Conurbano, suburbio, periferia y margen son palabras que en los últimos tiempos se han repetido con insistencia en ámbitos políticos, culturales, académicos y periodísticos. Así que, para empezar, se trata de una paradoja, porque la periferia se ha vuelto centro. La política y la noticia no pueden escapar de esta zona de nuestro país, cuya incidencia es creciente no sólo en términos electorales, sino, fundamentalmente, culturales. Pero los conceptos que encierran las palabras y categorías generalizan un malentendido en sus definiciones, ya que es muy común escuchar o leer suburbio en el sentido de extensión de la ciudad, de periferia urbana; pero en realidad no es así. El conurbano es una periferia doble: de la ciudad y del campo. El espacio suburbano es, a la vez, un espacio subrural. Porque es una mezcla: es casco de luz y oscuridad; asfalto, barrio, semáforo, pero también descampado, río, luz mala. Sincretismo de paisajes y también de habitantes, de inmigrantes interiores y extranjeros. Es el gigantesco patio de un conventillo, donde se hablan numerosas lenguas y jergas. Su realidad es exuberante y desproporcionada. No hay mímesis ni realismo posible; en todo caso, hay realismo mágico, porque los contrastes son tan intensos que la linealidad es algo imposible. No hay linealidad ni cronología. Porque es una zona donde el espacio se temporaliza y el tiempo se espacializa. Esto es algo que puede percibirse en las fotografías de Leonardo Marino: capas. Un auto último modelo junto a un coche más viejo que su conductor; la carpa de un circo adornada con banderines de colores delante de una fábrica echando humo negro; un micro escolar en un baldío; un avión enorme empotrado a la vera de un camino. ¡¿Qué hace ahí?! ¡¿Quién lo puso?! Modernidad y reliquias; vida y fúsiles; y mucho cielo. En las fotos de Leonardo casi siempre está el cielo, de la mañana o la tarde; celeste o nublado, ocupando una parte importante de la imagen. Porque el conurbano no es sólo una extensión de Buenos Aires, donde no se ve el cielo. En el suburbio, hay ciudad y hay naturaleza, un cielo inmenso como el del campo. Pero tampoco es igual al campo, porque sus nubes están mezcladas con humo.
En el Romanticismo, los paisajes dejaban de ser marcos decorativos para convertirse en formas de expresión. En las pinturas y en la poesía romántica, el paisaje era una proyección emocional, anímica. Los sentimientos del poeta se revelaban en el día soleado o en la tarde gris melancólica. Artísticamente, la serie “Suburbios cercanos” me recuerda ese espíritu. En las imágenes pueden verse muchos escenarios y pocos personajes; y si aparecen, lo hacen de un modo lateral o lejano, como los policías dentro de un patrullero, o la gente que espera un colectivo en una porción de foto donde el protagonista es, en realidad, la misma vía pública. Autos, peatones, carteles, árboles, aparecen distribuidos con la misma importancia en aras de un protagonismo mayor que los excede y los reúne: la vía pública, que una vez más aparece urbana y natural, de cielo y calle, de pasto y vereda. No hay primeros planos; todas las imágenes buscan el panorama o una medida importante donde puedan caber edificios, barrios, supermercados y fábricas. En este sentido, las fotos de Leonardo Marino dan cuenta de la magnitud del suburbio, que más que sub, debería llamarse supra; ya que todo es enorme, en cantidad y distancia.
Hay una fotografía que quisiera destacar: un colectivo de la línea 141 sale de la terminal, un día gris. Por la vereda de la terminal caminan tres personas, se alejan; son los únicos seres humanos que se muestran (aparte estaría el chofer del colectivo, pero no es posible verlo, porque el parabrisas refleja el exterior como un espejo). En la vereda de enfrente (la nuestra, desde la perspectiva de la foto) en realidad no hay vereda, sino una mezcla de pasto, barro y cemento roto. Y hay palmeras. Esto me resulta mágico. Claramente, no pertenecen a este hábitat, son, igual que tantos otros seres vivientes del conurbano, inmigrantes. Palmeras inmigrantes. Las imagino luchando, sobreviviendo. Algunas permanecen firmes; otra está torcida y parece a punto de caer. Se percibe el viento, un viento fuerte que arrastra los papelitos tirados y vuela la pollera de una de las señoras que caminan. Esta foto del viento recortando la salida del 141 que nunca termina de salir y las tres personas que nunca terminan de pasar y la palmera que nunca termina de caer, es como una foto de la infancia, del significado de la infancia que yo recuerdo en el suburbio. Por eso, quiero agradecerle a Leonardo Marino por una foto como esta, por la identificación que produce. No como definición, sino como emoción. Suburbio cercano y lejano a la vez: inmigrantes, colectivos, viento, algo que pasa pero nunca termina de pasar.


Sobre Suburbios Cercanos / 2016

Sobre Suburbios Cercanos
Eduardo Gil, noviembre 2016

Las fotografías de Leo Marino son silenciosas aunque atiborradas de gritos y sonidos. Gritos que aluden a la injusticia y la exclusión. No compadecen, no estigmatizan, no redimen. Paisajes casi desiertos. Muy pocas personas las habitan, sin embargo su presencia es imponente, en los colores y en las palabras, pintadas, dibujadas, insinuadas. Humor, reclamo, ingenio, estrategia y rebusque.
Cumbia en la noche lejana. Un altavoz en la quietud de la siesta. El relato futbolero como telón de fondo del domingo.
No hay aquí espacio para la ironía cínica, la sonrisa cómplice o la latinoamericanidad socarrona a la medida del cliché de exportación. La obra de Leo, rica en implicancias sociales y políticas es también, esencialmente, un poema melancólico y profundo. Quizás un gesto de vago desencanto, quizás un guiño escéptico.

Prólogo para Epica de Borde / 2018

Épica del borde
Fotografías de Leonardo Marino, por Alejandra Fernandez Guida.

El conurbano es un álbum de fotos imaginario. Es la zona de migraciones entre la gran ciudad y el pujante interior con su soja y sus 4x4. Un territorio compuesto de escenarios precarios que vistos desde afuera conforman un terreno fértil para la creación de historias, para la construcción del mito. La reproducción de imágenes en modo random de zonas semirurales donde la pampa empieza a ganar terreno; de fábricas abandonadas con vidrios rotos a piedrazos y perros callejeros que ganan las esquinas; de casas bajas de ladrillos sin revocar; construcciones precarias que sobreviven a sus habitantes. Pero ese álbum está cerrado para quienes habitan el territorio. Ajeno a esa representación exógena, el ser conurbano no tiene gentilicio: se dice asimismo del barrio, de la cuadra, del club. Resignifica con su presencia lo que desde afuera no se puede ver.
Épica del borde son los cuerpos en acción de esas periferias obreras conformadas por los sectores populares, esos que si se mueven mucho pueden hacer temblar las estructuras. Aunque parezca una idea pretenciosa, en el recorte que hace el fotógrafo Leonardo Marino está representado casi todo el territorio. Es el conurbano alejado de los centros urbanos, a unas cuantas cuadras de las estaciones centrales, donde la lucha no es contra la construcción de una nueva torre, sino por la llegada del asfalto. Peleas diarias que cuando se ganan se celebran como un Mundial.
En las fotos está el producto de la intervención de la sociedad sobre el espacio. Están los pibes en la escuela pública, la familia en alguna disneylandia local, el choripán al costado del camino, las facturas del domingo a la mañana, el trabajador cargando el camión para salir a laburar. El suburbio despierto. También está el trabajo como motor de sociabilidad, ese que escasea, y que por sobre todas las cosas es físico. No hay una fetichización de la pobreza. Están los que le ponen el cuerpo a luchas diarias que son como epopeyas sin punto final narradas sobre escenarios plagados de déficits de infraestructura y servicios. Hay épica en el relato de quien mira el borde desde afuera, para quien lo habita la heroicidad cotidiana no es cuento. Se trata de caminar todos los días con el viento en contra, pero sin dejar que eso lo tumbe.
La muestra abarca una imagen de un territorio complejo, difícil, extenso donde vive un cuarto de los habitantes del país. Está el conurbano desde ese borde en el que el aumento de un servicio puede hacer estragos. Hay vitalidad y hay deterioro. Quizás porque desde este lado el progreso es lo que pase mañana y la visión a largo plazo, la utopía de quien tiene el presente asegurado. En esa incertidumbre se vive con la alegría de sentirse rodeado de manos. En el borde se comparte todo, no lo que sobra.
Para posar la lente sobre las vías del tren, sobre una cuadra de construcciones desparejas o sobre el interior de un club de puertas abiertas hay que conocer los puntos de encuentro de este suelo. El recorte preciso de ese espacio heterogéneo está contado desde un ojo que lo habita. La muestra conforma una secuencia que podría ser la de un mismo barrio, pero en realidad no lo es. Hay cientos de kilómetros de distancia, de experiencias, de culturas, de dignidad, de caminos entre una foto y la otra y sin embargo todos viven bajo el mismo cielo.

Alejandra Fernández Guida